Los videojuegos pueden unir a las familias: jugar juntos mejora la comunicación, reduce riesgos digitales y fortalece el vínculo entre padres e hijos.
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Durante años vivimos con una imagen muy limitada, y equivocada, de los videojuegos. Se pensaban como un entretenimiento solitario, casi aislado: una pantalla, un mando, una habitación a oscuras y horas que muchos consideraban “desperdiciadas”. Este imaginario no solo marcó a quienes crecimos jugando, sino también a los padres, que por desconocimiento o falta de cercanía, levantaron barreras en lugar de acompañar o interesarse. Hoy, afortunadamente, esa visión empieza a quedarse corta. Y es precisamente desde esa transformación, de cómo pasamos de la soledad a la compañía, que quiero partir para entender el vínculo familiar que los videojuegos pueden generar.
Los videojuegos se han integrado en nuestra vida cotidiana a tal punto que dejaron de ser un simple pasatiempo: hoy son un medio cultural con un impacto comparable, e incluso superior, al del cine, la música o la televisión. Y esto tiene una explicación generacional evidente: los padres de hoy son, en gran medida, aquellos niños que crecieron con una consola entre las manos hace tres décadas. Esa familiaridad convierte el acercamiento de sus hijos al videojuego en algo natural, menos amenazante y mucho más comprensible.
La brecha generacional se reduce cuando se juega
Una de las barreras más grandes ha sido la desconexión entre lo que los padres creen que ocurre cuando sus hijos juegan y lo que los niños experimentan realmente. Existe una brecha evidente entre ambas percepciones: mientras muchos adultos interpretan el videojuego como un detonante de adicción, aislamiento o mal humor, los niños describen una gama mucho más amplia y matizada de emociones, muy distinta a la que alimenta el prejuicio.
- Es cierto que algunas prevenciones tienen fundamento. En el entorno digital existen riesgos reales, desde el acoso hasta el sedentarismo y ciertos usos problemáticos. Pero justamente por eso esta discusión se vuelve aún más relevante: la tranquilidad no nace de prohibir, sino de acompañar. Comprender los gustos de los niños y estar presentes en su experiencia reduce la ansiedad y permite tomar mejores decisiones familiares.
Cuando esta brecha de percepciones se mantiene, suele generar tensiones innecesarias. Los padres imponen restricciones basadas en sus temores, mientras que los niños buscan maneras de disfrutar aquello que les apasiona, incluso a escondidas. Esto termina creando dinámicas poco saludables alrededor del videojuego.
Pero ahí mismo surge la oportunidad. Cuando los adultos se integran al juego, cuando participan, preguntan, observan y comparten, la distancia se acorta. La desconfianza disminuye. Y el videojuego deja de ser un campo de batalla para convertirse en un espacio de encuentro.
Del estigma al encuentro: cuando los videojuegos acercan a las familias
Aunque el estigma persiste en algunos contextos, la ciencia lleva años demostrando que jugar puede fortalecer la convivencia. Estudios recientes muestran que los videojuegos no solo entretienen: también fomentan la cooperación, la comunicación y la toma de decisiones conjuntas. Estas habilidades adquieren un valor especial, o se refuerzan, cuando el juego ocurre en familia.
- Sin embargo, los efectos positivos que los videojuegos pueden generar en los niños siguen siendo difíciles de identificar para muchas familias. A menudo se perciben como un simple medio de entretenimiento, dejando de lado su potencial formativo, emocional o incluso social. Esa percepción incompleta influye directamente en las preocupaciones de los padres.
Con frecuencia se enfocan más en el tiempo que sus hijos pasan jugando y en los posibles efectos negativos sobre su estado de ánimo, en lugar de interesarse por cómo juegan, con quién juegan o qué beneficios obtienen de esa experiencia.
- La distancia cultural también influye. Tal como reflejan diferentes estudios, en países donde los videojuegos se arraigaron antes, como Japón, es más común que padres e hijos jueguen juntos. Allí, cerca del 70 % de los padres comparte sesiones de juego con sus hijos, mientras que en países europeos esa cifra apenas alcanza el 32 %. Esta diferencia no solo habla de costumbres distintas, sino de cómo la historia y la cultura moldean la forma en que las familias entienden y viven el videojuego.
Jugar con los hijos fortalece el vínculo
Al final, todo converge en una misma idea: el acompañamiento parental no solo reduce riesgos, sino que fortalece la relación entre padres e hijos. Diversos estudios sobre mediación parental coinciden en que una guía equilibrada, ni intrusiva ni distante, disminuye la probabilidad de un uso problemático de la tecnología y mejora la convivencia familiar.
Los datos también muestran algo clave: cuando los niños sienten apoyo y orientación, no solo tienen menor riesgo de adquirir hábitos digitales nocivos, sino que desarrollan mejores capacidades de autorregulación emocional y conductual en entornos digitales.
Nada de esto es casualidad. Jugar es diálogo. Jugar es entrar al mundo del otro. Es una forma de acompañar desde dentro, no de vigilar desde fuera.
Por supuesto, los niños seguirán siendo niños: querrán jugar más tiempo del permitido, perderán la noción del reloj, o se frustrarán con facilidad. Esa exploración forma parte de su proceso natural. Por eso la respuesta no puede ser solo prohibición o distancia, sino presencia, guía y comprensión.





